jueves, 5 de enero de 2017

'EL CASO': EL SEMANARIO QUE TODOS QUERÍAN LEER.

“Ante ti, lector, una nueva revista. Una revista más que busca llegar a complacer, a rellenar esa afición tan extendida en todas las clases sociales y que se llama curiosidad por la vida de los otros”. –Director Eugenio Suarez.

“¡Esas máquinas, que nos las oigo, que echen humo!”. Esta era la frase más escuchada en la redacción de este semanario de sucesos. Todo ello con Leopoldo, su mascota, un cocodrilo, correteando vivaz y juguetón entre las mesas y los pies del personal. Una publicación que salió a la venta un 11 de mayo de 1952 y cuya rutina pegó el salto a la pequeña pantalla a través de una serie de televisión. 

Fenómeno comunicativo y social en la época, ‘El Caso’ divulgó los sucesos que se producían en un país cerrado casi por completo a la información. Fue testigo de la España real y profunda, aquella que se alejaba de la oficial que pretendía mostrar el régimen.

Dos pesetas, 0,01 céntimos de euro, era el precio de este semanario que reflejaba parte de una población que, en demasiadas ocasiones, arreglaba sus asuntos de manera primitiva. La mayor parte de sus informaciones venían originadas por disputas de lindes, despechos, herencias, rivalidades, etc. 

Una publicación que era seguida por el fugitivo por excelencia de la crónica policial de la España del franquismo a finales de los 60, Eleuterio Sánchez, más conocido como ‘El Lute’. Un delincuente que confesó haber aprendido a leer con el único fin de poder esquivar a la Guardia Civil a través de las informaciones recogidas en este histórico semanario.

¿Cómo nació?. Si no se conoce, no existe.. 

La Guerra Civil supuso el final de una época para muchas cosas, entre ellas, las publicaciones de sucesos. La máxima que regía tal desaparición era tan aplastantemente lógica como simple: si nada negativo ni incomodo se divulga, nada malo sucede. Consideraban que difundir delitos sólo servía para crear nuevos delincuentes. Breves notas enviadas por la Brigada de Información de la Jefatura Superior de la Policía eran las únicas referencias a las que se podían ceñir los diarios. Excepcionalmente se autorizaba a la publicación de alguna colisión de vehículo.

Sin embargo, un hecho anecdótico lo cambió todo. “Un día, un periodista del diario Madrid, tras cubrir el famoso crimen del Monchito y ver que la censura apenas le había mutilado el texto, creó una sección titulada ‘El caso de…’ En ese momento, en su cabeza empezó a bullir la idea de fundar un semanario de sucesos. El 11 de mayo de 1952, Eugenio Suárez sacaba a la calle el primer número”. Así rememora Juan S. Rada el nacimiento de ‘El Caso’, publicación que dirigió durante media docena de años después de haber ocupado todos los puestos posibles en la redacción. 

Después de quince años de sequía informativa, los lectores pudieron tener conocimiento del asesinato perpetrado el 11 de enero de 1951 por Ramón Oliva Márquez, más conocido como ‘el Monchito’. El suceso, a grandes rasgos, se resume en un aprendiz de mecánico, de veintidós años de edad, que solicitó un anticipo de sueldo al dueño del garaje en el que trabajaba para poder casarse. Ante la negativa de su jefe a darle tal adelanto, ‘el Monchito’ decidió visitar a la esposa del jefe informándola de que este le había enviado a recoger quinientas pesetas de adelanto. Al comprobar la mujer que todo era un engaño amenazó con despedirlo del trabajo. ‘El Monchito’, desesperado, la agredió clavándole repetidas veces un destornillador. Después, cogió el dinero que encontró y anunció a su chica la fecha de la boda. El 29 de marzo de 1952, ‘el Monchito’ fue ejecutado por garrote vil en el patio de Carabanchel.

Así eludían la censura. El 'truco' de las provincias.

La historia de un país también se refleja a través de sus crímenes. Revelan mucho cómo era la sociedad del momento. De siempre, el gran público se ha volcado en conocer a los protagonistas, las causas y las consecuencias de los crímenes. Despiertan inusitada atracción en cuanto suponen ruptura del orden establecido, convulsionan los cimientos éticos sobre los que se asienta la comunidad y, en determinadas situaciones, causan inquietud social. Algo perjudicial para los gobernantes, que siempre han intentado limitar su difusión. Para difundir tales delitos -el tope máximo era un crimen a la semana- la redacción de ‘El Caso’ debía superar una férrea censura gubernativa y también eclesiástica. 

Juan S. Rada desvela para Onemagazine que el semanario salió a la calle “condicionado a dar tan sólo dos hechos sangrientos a la semana. Al poco, ante el éxito fulminante de la publicación, fue reducido a uno. Y después, a cero, argumentando que iba contra la moral cristiana y demás. Eugenio Suárez, que era un hombre del régimen, para evitar enfrentamientos con la autoridad gubernativa alegó que debía ser la Iglesia quien decidiera, ofreciéndose a pasar censura eclesiástica. El obispo de Madrid autorizó ad limitum su continuidad, haciendo responsable del control de lo que se publicaría a un sacerdote” 

Y, como en muchas otras ocasiones, el ingenio se destapó como la única forma de sortear el freno inquisidor. Como el número de crímenes estaba limitado, ‘El Caso’ lanzaba diferentes ediciones para diversas regiones de España donde habían ocurrido asesinatos. “De tal forma que, cuando el delegado de Información y Turismo de cada provincia inspeccionaba el ejemplar, veía que se cumplía la normativa, desconociendo que en otras partes de España se estaban difundiendo otros sucesos sangrientos”, cuenta el ex director de la publicación.

“El misterio de la mano cortada”. El más impactante.

El ejemplar que más problemas tuvo en eludir la censura fue también el que más impacto causo entre los lectores. Su titular ya era llamativo, “El misterio de la mano cortada”. Tal fue así que su director en aquel momento, Eugenio Suarez, tuvo que completar a mano la edición después de que la censura prohibiera, a pie de rotativa, que se siguiera imprimiendo el periódico con la foto de una extremidad humana flotando en una lechera de plástico. “La gente se llevaba, incluso, los ejemplares deteriorados de la imprenta y hasta hubo reventa, algo único en la historia del periodismo español”, explica Juan S. Rada. El que fuera uno de los directores de la publicación lo recuerda como “el caso más impactante en la historia de dicha publicación, dada la singularidad del suceso y la personalidad de su protagonista: Margarita Ruiz de Lihory, una noble convertida en la Mata-Hari española”

Margarita Ruiz de Lihory y de la Bastida fue la protagonista de aquella portada insólita, por culpa de la censura, que pasaría a la historia del periodismo. Margarita era cualquier cosa menos común y corriente. Durante la guerra con Marruecos fue espía de Primo de Rivera y llegó a ser amante del líder independentista Abd-el-Krim y de otros notables. Condición que le permitió avisar a Franco de una emboscada que le tenían preparada. Fue en el Magreb donde aprendió la magia negra de la región. Se casó con un valenciano de origen irlandés, Ricardo Shelly, con el que tuvo dos hijos; Margot y Luis.Y fue precisamente este último, el que lo inició todo cuando acudió a la policía y les convenció de que su madre había hecho “algo terrible al cadáver de su hermana Margot”, fallecida días antes por una extraña enfermedad. Agentes de la Brigada de Investigación Criminal, la famosa BIC, inspeccionaron la lujosa mansión situada en la Calle de Princesa. Así, en un armario del dormitorio principal, hallaron una lechera que contenía una solución de alcohol, en la que flotaba una mano derecha de mujer. En otras habitaciones y en el cuarto de baño encontraron los ojos, la lengua, algunos dientes, mechones de pelo y vello púbico. Tal fue la impresión de la gente que las basuras se llenaron de lecheras arrojadas por los madrileños. Margarita y su marido fueron detenidos acusados de profanación de cadáveres y atentado contra la salud pública. Su defensa que se trataba de una santa y deseaba guardar la mano como reliquia. La noble señora y su marido fueron ingresados en un psiquiátrico. 

Jarabo, el asesino que más diarios vendió.

El ejemplar más vendido por ‘El Caso’ fue el número 325, publicado en julio de 1958. Contenía el cuádruple crimen cometido por Jarabo: “480.000 ejemplares. Y porque, en aquella época de restricción de los cupos de papel, no se pudo seguir imprimiendo más copias”, recuerda Juan S. Rada.

“Una ocasión como ésta bien merece estrenar un traje”, señaló José María Jarabo, que asistió con una distinguida y distinta indumentaria cada día de los cinco que duro su juicio por el asesinato de cuatro personas en el verano de 1958. Jarabo, el rey de la noche madrileña, en el año 1957 se hizo amante de una inglesa casada llamada Beryl Martin Jones. El tren de vida de José María Jarabo era tan alto que no le llegaba para mantener el nivel de vida que acostumbraba a llevar. De este modo, ambos amantes decidieron empeñar una sortija en la casa de empeños denominada ‘Jusfer’, cuyos dueños eran Emilio y Félix. Al tiempo, Jarabo quiso recuperar esta joya, encontrándose con las excusas de los dueños para no entregársela. Así que, antes de las 10 de la noche del 18 de julio de 1958, se presentó Jarabo en la vivienda de Emilio Fernández. Tras una discusión, el propietario acabaría con un disparo en la nuca. La criada, Paulina, con una puñalada mortal y Amparo, la mujer de Emilio, con un disparó a quemarropa. Al día siguiente acudió a Juster y abrió la tienda con las llaves de Emilio. Cuando Felix entró para disponerse a abrir la tienda recibió dos tiros en la nuca. Finalmente, al no encontrar las llaves de la caja fuerte, no recuperó el anillo. 

El cuello de Jarabo se resistiría al garrote vil. Tras dos vueltas al tornillo, el criminal seguía vivo. Tal impresión dejó aquella escena que el de Jarabo fue uno de los últimos condenados a esta muerte en España. La historia de Jarabo fue llevada a la pequeña pantalla por Juan Antonio Bardem en la serie ‘La huella del crimen’, protagonizada por el fallecido Sancho Gracia, en 1984.

“Bolas de veneno en la casa del terror”. Uno de los casos más extraños. 

“¡Hay tantos!”, exclama Juan S. Rada cuando se le pide que haga referencia al caso más extraño que recuerda en ‘El Caso’. Después de mucho pensar elige uno, “el de las bolas de veneno en la casa del terror”.

En 1965, Piedad una niña de 12 años de edad, mató en Murcia a cuatro de sus hermanos pequeños, aquellos a los que tenía a su cargo. Iba asesinándoles cada cinco días y, al parecer, pensaba acabar con toda la familia numerosa. No quería ocuparse de labores domésticas mientras sus padres trabajaban, sino estar libre para jugar. La pequeña empleó, para su macabro plan, el cloro que llevaban unas pastillas que se usaba para limpiar metales: disolvió las pastillas en la leche de los niños. Además, lo ‘edulcoró’ con matarratas. Su castigo: ingresar en un convento para niñas descarriadas en el que acabó perdiéndose su pista. 

‘El Caso’, sinónimo de periodismo de investigación.

El Caso simboliza, sin duda, una época reciente del periodismo español. Ejemplifica un estilo periodístico cercano a los lectores, popular, donde primaba el “reporterismo de calle”, la investigación y la búsqueda de la noticia en su vertiente más extrema y sorprendente: el crimen, la delincuencia o los hechos curiosos o extraordinarios. Y es que en el “mismo instante que se tenía noticia de algún crimen importante, se desplazaba un periodista y un fotógrafo al lugar del suceso. Era imprescindible obtener excelente información gráfica, sobre todo, y testimonios de los testigos, familiares, vecinos, etc”. 

Y es que los periodistas del semanario de sucesos llegaban incluso al lugar de los hechos antes que los investigadores gracias en parte a la complicidad de los lectores, quienes ayudaron a propiciar un montón de exclusivas. Así ocurrió con el crimen de los marqueses de Urquijo en 1980 o la matanza de Puerto Hurraco en 1990. “Se quería que los reporteros se adelantaran a los cuerpos y fuerzas de Seguridad del Estado para que pudieran realizar su labor informativa sin cortapisas”, detalla Juan S. Rada.

Los investigadores y su relación con ‘El Caso’.

Valentía, dedicación y muchas horas de trabajo eran las características de los periodistas de ‘El Caso’. La calle y la noche eran en muchas ocasiones su familia. “Era necesario recorrer de continuo cuartelillos y comisarías, hospitales y juzgados, cementerios y morgues… Y echarle arrojo, tanto a la hora de conseguir información como de sentarse ante la vieja máquina metálica de escribir”, explica Juan S. Rada.

Aunque pudiese parecer lo contrario, los redactores de ‘El Caso’ mantenían una buena relación con los investigadores. Juan S. Rada recuerda que los miembros de las Fuerzas y Cuerpo de Seguridad “facilitaban información, imágenes… Incluso permitían que algún reportero estuviera presente en los interrogatorios, como ocurría con Margarita Landi a la que, por ello, pasaron a conocerla como ‘subinspectora Pedrito’. Encarnación Margarita Isabel Verdugo Díez, conocida popularmente como Margarita Landi, fue considerada como la dama del crimen. Fue una de las primeras mujeres que se especializó en un género periodístico, como es el de los sucesos, tradicionalmente reservado a los hombres. Su diplomatura en criminología le ayudó a sobresalir con brillantez en este campo. Le gustaba posar con su pipa, a los Sherlock Holmes, e incluso se paseaba con una falsa pistola que utilizaba a modo de minicámara fotográfica. 

Un crimen resuelto por’ ¡El Caso!’

Juan S. Rada tiene claro que la labor de la prensa no es resolver casos, “algo que compete únicamente a los representantes de la ley. Pero sí colaborar. De todos modos ha habido crímenes resueltos con la ayuda de periodistas, aportando pistas o difundiendo informaciones interesadas para que el malhechor picara, aunque es algo que nunca se reconoció a nivel oficial”.

En 1954 un reportaje de un crimen sirvió para resolver otro. El conserje del barcelonés Tenis San Gervasio salió como cada noche a cerrar la puerta del club. Nadie volvió a saber más de él. Ante la falta de noticias del conserje desaparecido, un cuñado suyo, decidió solicitar ayuda al semanario. Estaba convencido de que no había huido. El reportero comenzó a indagar en el caso, hecho que propició que se impulsase la investigación policial. Un amigo del desaparecido finalmente se derrumbó en uno de los interrogatorios y confesó que le había agredido con un martillo y posteriormente lo descuartizó. El cuerpo del conserje terminó en una hoguera que utilizaba para calentarse. El asesino incriminó a la viuda, aunque no pudo demostrarse. 

Un lector de ‘El Caso’, al ver el nombre del descuartizador, recordó que este había trabajado como criado para su tío hacía más de tres lustros. Y que su tío había desaparecido misteriosamente tras la guerra civil y todos daban por hecho su fuga con una mujer a la vecina Francia. Sin embargo, puesto el hecho en conocimiento de la autoridad, se tomó declaración al presidiario sobre ese otro posible delito. El asesino acabó confesando que también termino con la vida del tío del lector de ‘El Caso’. 

¡Los de ‘El Caso’!. 

Juan S. Rada recuerda que a veces cuando los reporteros se presentaban en el escenario de alguna muerte los confundían con los del Ocaso, compañía líder en el sector de seguros de decesos. Debían matizar –somos de… ¡El Caso!, ¡El Caso!– para evitar curiosas equivocaciones. Incluso, cuando se inició el juicio por la muerte de los Urquijo, a la pregunta de quienes habían sido los primeros en llegar tras descubrirse el doble asesinato, un empleado de los marqueses contestó rotundo: “¡Los de El Caso!”. Más de un miembro del tribunal frunció el entrecejo pensando en Ocaso. El declarante matizó su afirmación: “Los primeros en aparecer fueron los reporteros de El Caso. Al rato se presentó la Policía”.

La desaparición de ‘El Caso’.

‘El Caso’, pese a seguir siendo rentable, vendía 120.000 ejemplares por número, fue azuzado por una serie de circunstancias que lo hicieron inviable. “Se incrementaron los costes, debido al aumento al doble del precio del papel, pero lo más gravoso fueron las numerosas querellas y demandas que le ponían. Cualquier delincuente que aparecía citado, aunque le antepusieran el calificativo de presunto, acudía al juzgado de la ciudad en que vivía por considerarse perjudicado por una intromisión ilegítima en el derecho de respeto a la intimidad, al honor y a la propia imagen. Dado que la normativa al respecto no era como antes, es que había que interponer la reclamación en un juzgado de la localidad donde radicaba la editorial, se pasó a que las aceptaran y se declararan competentes para enjuiciarlas en cualquier punto de nuestra geografía. Ello supuso que hubiera que contratar abogados y procuradores en numerosas provincias, depositar abundantes fianzas y comparecer judicialmente a lo largo y ancho de nuestra geografía. Al final había que dedicar mayor atención a los requerimientos de los tribunales que a la propia información”. El 24 de septiembre de 1997 se imprimía por última vez. Un adiós que fue también una especie de suceso: la desaparición de un periódico de Leyenda. El padre del periodismo de sucesos que se configuró como un fenómeno sociológico. ¡Cualquier día sales en ‘El Caso’!, ¡Hay que avisar a los de ‘El Caso!, ¡Esto es digno de ‘El Caso’!.. y otras expresiones similares se incorporaron al lenguaje cotidiano. 

Y para acabar, resolvamos el enigma. Porque usted, querido lector, puede que al final de este reportaje haya quedado intrigado con el devenir de Leopoldo, la mascota de la redacción. Juan S. Rada nos informa que aunque “era un buen aprendiz de reportero, el cocodrilo Leopoldo, finalmente el animal fue donado al zoo de la capital de España para que disfrutara de un merecido retiro”. Indudablemente fue el periodista con la piel más resistente de ‘El Caso’.

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