lunes, 19 de septiembre de 2016

LOS GRANDES CRÍMENES PERFECTOS QUE SALIERON MAL.

“El crimen perfecto no existe. Existe una investigación imperfecta o pendiente de completar. Los crímenes no resueltos a día de hoy podrían resolverse mañana” Aitor Curiel, Criminólogo.

La definitiva cuenta atrás ya se había puesto en marcha. Apenas restaban 18 meses para que se sobrepasasen los 20 años que fijan la prescripción de un crimen. Los agentes de la Guardia Civil mantenían más activa que nunca la investigación para averiguar quién había dejado a la joven Eva Blanco sin vida junto a una cuneta de una carretera aún sin transitar entonces entre las localidades de Algete y Cobeña, Madrid, en la madrugada del sábado 20 de abril de 1997. 

Una muestra de su ADN y restos de fibra roja correspondientes a la tapicería de un Renault eran su único punto de partida. Las fuertes lluvias que se registraron aquella noche borraron el resto de vestigios del asesino y complicaron las pesquisas policiales que se sucedieron durante los 18 años posteriores. Más de 5.000 personas fueron las que investigaron los agentes, focalizándose principalmente en agresores sexuales, propietarios de vehículos Renault y presos que disfrutaban de permisos penitenciarios en aquellas fechas. 

Los avances de la ciencia al servicio de la investigación arrojarían luz sobre un suceso abocado a su prescripción. La cadena de cromosomas estudiada en nuevo análisis del ADN arrojaría la certeza de que el presunto asesino era una persona nacida en el norte de África. Una pista que condujo a los investigadores a poner la lupa sobre personas de origen magrebí que viviesen o hubiesen residido en aquella zona. Enseguida, uno de ellos llamó su atención. Se trataba de Ahmed Chelh, quien había abandonado Algete dos años después de haberse cometido el crimen y que, a su vez, había dado de baja su vehículo, un Renault 18. Uno de sus hermanos, que aún residía en Algete, sería la llave que abriría una puerta que llevaba muchos años cerrada al permitir confirmar su parecido genético con la prueba de ADN hallada 18 años atrás. 

El presunto asesino de Eva Blanco, Ahmed Chelh, sería detenido al norte de Francia el pasado octubre. Su estancia entre rejas sería, desgraciadamente, muy breve. Tres meses después, se suicidó en su celda con los cordones de sus zapatos.

Una muestra actual y evidente que confirma que, en ocasiones, la ardua y constante labor de los investigadores, los avances científicos e, incluso, por qué no decirlo, el azar, llegan a truncar el que parece el crimen perfecto. 

La clave: la nota de una cita.

“La insistencia del asesino en matar” es otro de los motivos que hace que el criminal acabe entre rejas. Un ejemplo claro es el del conocido como el ‘asesino del ajedrez’, Alexander Pichushkin. “Una vida sin homicidios para mí es como una vida sin alimentos para ustedes”, decía. Sentencia que describe la psicopatía de un tendero ruso cuyo afán era el de ser capaz de rellenar con los nombres de sus víctimas las 64 casillas de un tablero de ajedrez y superar así, de paso, a Alexander Chikalito, el asesino en serie más sanguinario de Rusia con 53 víctimas. La policía detuvo ese oscuro deseo cuando llevaba 49 y se encontraba en pleno frenesí. 

El egocentrismo de Pichushkin le condujo a aumentar su cadencia asesina cuando fue otro al que detuvieron por unos homicidios que fueron generando mayor alarma social conforme menos cuidadoso se fue haciendo un asesino que ya no se molestaba ni en ocultar los cuerpos en el parque moscovita de Bitsevsky. Ese era el lugar al que conducía a sus víctimas con el pretexto de tomar un trago de vodka. 

Pichushkin fue capturado el 16 de junio de 2006. Horas después de haber invitado a una compañera del supermercado a pasear por el parque. Aún a sabiendas de que ésta le había dejado a su hijo una nota escrita en la que le informaba sobre dónde y con quién estaría, lo que evidentemente apuntaría hacia él, Pichushkin no pudo reprimir sus instintos criminales. Esta nota, junto a las grabaciones del metro en las que se veían juntos a víctima y agresor, propiciaron que la policía entrase en casa de un asesino que ya les esperaba. “¿La policía? Debe ser para mí. Dejen que me vista”. 

Su forma de conducir le delató

Ted Bundy es un nombre que resulta familiar para millones de personas. Uno de los asesinos en serie más reconocidos del planeta y que murió en una silla eléctrica el ya lejano 24 de enero de 1989 entre las lágrimas de las miles de admiradoras que tenía repartidas en medio mundo. Las cifras oficiales fijaron su macabra cuenta en 36 mujeres, la leyenda creada a su alrededor apunta hacía muchísimas más. 

Nacido en 1946, era hijo de una madre joven y soltera de buena familia a la que obligaron hacer creer a Ted que era su hermana mayor, circunstancia que marcó su personalidad. Su carrera criminal la iniciaría después de ser abandonado por una chica en su etapa universitaria, estudió psicología y derecho. Pareja cuyos rasgos físicos serían similares a los de las víctimas que se sucedieron y con la que volvería a reanudar su historia sentimental años después con el único propósito de hacerla sufrir. 

Su inteligencia y sus conocimientos de derecho le facilitaron esquivar las investigaciones policiales. Sus mudanzas eran constantes y su comportamiento distaba a ojos de la gente del de un sádico, violador, asesino y necrófilo. Educado y de buena planta, su modus operandi era casi siempre muy similar: convencía con alguna treta a las jóvenes para que se acercasen a su vehículo. Después, un golpe, su secuestro y el atroz desenlace. 

Varios despistes acabaron por ofrecer un retrato robot suyo e, incluso, un nombre, ‘Ted’. Pero su primera detención -1975- vendría fijada por su manera de conducir. Su temeridad al volante favoreció que un agente le diese el alto en la carretera, apreciase los utensilios que tenía en el coche, esposas, cintas y una palanca de metal y le metiera entre rejas. Fue por poco tiempo. Despidió a sus abogados y apoyándose en sus conocimientos de derecho reclamó su auto defensa, lo que justificó su requerimiento, que le fue concedido, de acudir regularmente a la biblioteca de su primera prisión en Aspen, Colorado, para revisar libros de leyes. Desde aquel rincón no planteó su defensa, sino su huida. A los seis días de fugarse fue capturado, si bien en la siguiente cárcel también fue capaz de escabullirse por el tejado. A su salida, no se frenó, cometiendo tres asesinatos y dos ataques más. Y, de nuevo, fue capturado en un coche. Corría 1978 cuando un policía se percató que el coche que tenía delante suya, y en el que reparó porque llevaba una luz fundida, había sido denunciado por robo. Se acercó y encontró a Bundy. Fue su final. 

Le pillaron por una multa de tráfico

En agosto de 1977, los neoyorkinos respiraban tranquilos. Ponían cara al hombre que había generado una elevadísima alarma social en la gran ciudad. Con un revólver del calibre 44, se había ocupado de acercarse a vehículos y disparar a sus integrantes. Puso en jaque a los más de 500 detectives que buscaban al misterioso criminal que terminó con la vida de seis personas e hirió a otras siete en el curso de ocho tiroteos entre 1976 y 1977 

David Berkowitz era el responsable. Se hacía llamar ‘El hijo de Sam’, a cuenta de que responsabilizaba de sus actos al perro de su vecino, que fue quien le poseyó y ordenó cometer esos homicidios. Un empleado de correos de 24 años al que le delató estacionar mal su vehículo. 

Una multa por aparcamiento de 35 dólares de la época fue la pista que condujo a la policía a capturar a este asesino en serie. La noche del último crimen, una anciana vio un coche aparcado cerca de una bomba de agua al que habían sancionado por esta infracción. Un joven se acercó al automóvil y se dio media vuelta, desapareciendo en la oscuridad. Poco después sonaban cuatro disparos en un lugar cercano. Los investigadores, con los datos ofrecidos por la señora, investigó todas y cada una de las multas por aparcamiento puestas esa noche en la zona, cuatro concretamente. Un vehículo se asemejaba al nombrado por varias de las víctimas que sobrevivieron. Cuando los agentes dieron con el asesino rodearon el edificio de apartamentos donde vivía David Berkowitz, en el suburbio de Yonkers. Este salió sin ofrecer resistencia y se limitó a decir: “Bueno, ya me han cogido”.

Una amenaza que le salió muy cara.

“Soy el mejor asesino del mundo”, repetía Anatoly Onoprienko durante el juicio en el que se le iba a condenar por el asesinato de 52 personas entre 1989 y 1996. Un asesino en serie que puso en jaque a las fuerzas de seguridad ucranianas, quienes en su empeño por capturar a ‘La bestia de Zhitomir’, ‘El exterminador’, ‘Terminator’ o el ‘Diablo en persona’ llevaron hasta la muerte a Yuri Mozola, quien a sus 26 años no pudo aguantar una semana de interrogatorios como principal sospechoso. 

La finalidad de Onoprienko era el robo, siendo el asesinato el medio elegido para un fin que no era otro que no dejar pistas. En 1989 arrancó su carrera criminal, acabando con la vida de ocho personas antes de abandonar su país natal para evitar que se le relacionase con lo ocurrido. Después de divagar por Europa, en Alemania llegó a estar seis meses encarcelado antes de ser expulsado, regresó a Ucrania para acabar en seis meses, los que discurrieron entre octubre de 1995 y marzo de 1996, con 46 personas. 

Abandonado de niño en un orfanato, su modus operandi consistía en entrar en casas alejadas, reunir a la familia, matar a tiros a los hombres y con cuchillos y hachas a mujeres y niños. Después, en muchas ocasiones, quemaba la casa para borrar huellas. Una forma de actuar que complicó la intervención policial, que sería desatascada por la llamada del primo con el que convivía Onoprienko y cuya relación no transcurría por su mejor momento. Éste, al ver una serie de utensilios extraños en casa, preguntó a su familiar por ellos y la contestación de este fue tajante, “métete en tus asuntos o tu familia y tú os arrepentiréis”. Inmediatamente después, llamada a la policía. 

A Onoprienko, que nunca mostró arrepentimiento, se le conmutó la pena de muerte por la cadena perpetua. Murió de un ataque al corazón en agosto de 2013. 

Un CD se 'chivó' de su identidad.

“¿A cuántos tendré que matar antes de ver mi nombre en el periódico y reciba atención nacional?”, se preguntaba un asesino en serie en las cartas que remitía a policía y prensa local para presumir de crímenes. Quien lo escribía era conocido como BTK, siglas en inglés que significan átalos, tortúralos y mátalos en referencia al modus operandi que empleaba. 

Bajo ese pseudónimo se escondía realmente Dennis Lynn Reader, quien terminaría entre 1974 y 1991 con la vida de diez personas en el condado de Sedgwick en Wichita. Desde su inicio, y durante los cinco años siguientes, mantuvo informados a policías y periodistas enviando cartas en las que detallaba como estrangulaba a sus víctimas. 

Desde 1979 se hizo un silencio que se esfumó en marzo de 2004, cuando Rader escribió una carta a reclamando la autoría de un asesinato cometido en 1986 y por el que cumplía condena otra persona. Como prueba irrefutable, incluyó fotos del cuerpo de la víctima. Y así siguió, adjudicándose a través de ocho misivas más otros muchos asesinatos, enviando joyas de mujeres o un carnet de conducir como muestra de su autoría. 

Un comportamiento arrogante que le acabaría conduciendo a la cárcel. ¿Cómo? En forma de metadatos. En 2004, cuando el caso estaba prácticamente archivado, Rader se empeñó en avivarlo con el envío de pistas. En la última que envió preguntó a la policía si sería posible localizarle si les hacía llegar un CD. Los investigadores, obvio, le indicaron que serían incapaces de descifrar la identidad del remitente. Entonces, Rader mandó el CD con un único archivo. 

En ese momento, la policía comprobó los metadatos del documento, encontrando que el que escribía la carta se hacía llamar ‘Dennis' y mantenía conexión con una iglesia luterana. De esta manera, los investigadores hallaron a su sospechoso, Dennis Rader, diácono luterano.

Los investigadores conocían que el asesino BTK disponía de un Jeep Cherokee. Casualidad, cuando se acercaron a casa de Rader, un Jeep Cherokee estaba en su garaje. Todo parecía encajar, pero no era suficiente aún, faltaba algo más. Reclamaron a la universidad a la que acudía su hija una muestra de sangre que cotejaron con las muestras de ADN halladas en los lugares del crimen. Ahora sí, todo resuelto. 

FUENTE: Revista mensual Onemagazine (Martín Hernández y J.A. Hernández, marzo de 2016)

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