jueves, 22 de octubre de 2015

"TODOS AMAN A JACK": LA HISTORIA DEL COMPOSITOR ASESINO

LA NOTICIA

Michael Maybrick
En 1887 hacía furor en Inglaterra una pegadiza cancioneta marinera llamada "They all love Jack" (Todos aman a Jack), creación del pujante compositor y cantante Michael Maybrick, quien se mostraba ante el público británico valiéndose de un seudónimo artístico.

Ese rótulo que, por cierto, en la canción no refería al asesino serial de Whitechapel, es desempolvado 127 años después para aparecer en las góndolas de las librerías y en su correspondiente versión digital. Pero ahora la alusión resulta muy distinta a lo que significaba en su origen. Actualmente constituye el título del más novedoso ensayo que aspira solucionar el enigma de cuál fue la identidad del legendario criminal del East End londinense.

Su autor es el actor de cine, dramaturgo y director de 67 años Bruce Robinson que, invocando 12 años de arduas indagatorias ofrece, en un voluminoso libro de más de 700 páginas, la explicación de los homicidios victorianos (se trataría de un complot masónico, nuevamente), y presenta a su asesino revelado el cual, como podíamos suponer, no deviene otro más que Michael Maybrick, el popular, aunque al presente olvidado, compositor y cantante.

Bruce Robinson
LA SAGA DE LOS MAYBRICK 

Michael Maybrick, el músico, debe su novedosa inclusión en el elenco de candidatos a la identidad del infame mutilador a su hermano el comerciante en algodón James Maybrick.

Este último desde el año 1992 comenzó a ocupar un lugar en esa fúnebre lista gracias a su presunto diario íntimo "encontrado" cien años después de ocurrido su deceso . Resulta que James Maybrick se convirtió, desde hace ya unos cuantos años, en uno de los candidatos más controversiales a ocupar el puesto de haber sido el responsable de estos precursores homicidios en cadena.

Su figura ha dado origen a una verdadera «Maybrickmanía», dividiendo y enfrentando acremente a los expertos. Y este fenómeno ahora se profundiza con esta reciente postulación de su hermano Michael al cargo de homicida serial. Aquel antiguo comerciante fungiendo en el rol de Jack the Ripper ha contado con tantos sostenedores como detractores. Y el interés por su persona, en vez de decrecer, parecería aumentar año tras año; lo cual podría explicar que al presente otro miembro de su familia pase a ser nominado como el escurridizo verdugo de rameras.

Al punto tal ello se tornó así que la escritora Shirley Harrison, una de las más entusiastas propagandistas de la responsabilidad de James, sugirió que ese traficante algodonero ya estaba práctico en matanzas antes de perpetrar sus fechorías de agosto a noviembre de 1888, en tanto despacharía a siete mujeres y a un hombre –todos ellos de raza negra– en la localidad de Austin, estado de Texas de los Estados Unidos de Norteamérica, durante el ocaso de 1884 y a lo largo de 1885.

Aquellos atentados mortales serían recordados en las páginas trágicas del delito bajo la muletilla de «La masacre de Austin», y al impune verdugo se lo conocería mediante el alias criminal de «El loco del hacha», en atención al arma que esgrimía a la hora de ultimar a aquellos desgraciados cuyas vidas cayeron segadas bajo su demencial saña. La referida masacre seguramente no fue producida por el anónimo perpetrador que tres años más adelante se volvería célebre al despanzurrar prostitutas en el este de Londres. Sólo por citar algunas insalvables diferencias entre una y otra secuencia fatídica, vale resaltar que no sintonizan ni el modus operandi aplicado, ni la elección de la clase de víctimas.

Los crímenes seriales de Austin no fueron siquiera fruto del asesino británico, y mucho menos aún, por cierto, se le podrían adosar a James Maybrick aquellas violentas muertes ocurridas en suelo norteamericano. Pero, aunque con toda probabilidad el industrial de Liverpool no fue el loco del hacha –pese a que por razones mercantiles hubiese recalado en los Estados Unidos–, a partir de la divulgación del resonante manuscrito que se le adjudicó, se ganó sobradamente un lucido puesto dentro de la nómina de sospechosos a la identidad del eviscerador de tiempos de la Reina Victoria.

La figura y el recuerdo de ese empresario oriundo de la ciudad de Liverpool fueron rescatados del olvido merced al tenor de un vetusto álbum para postales y fotografías sobre cuyas páginas se reprodujo con tinta negra, presuntamente de la era victoriana, un diario en el cual su autor confesaba haber perpetrado los crímenes cometidos en aquel sangriento 1888.

Habían transcurrido más de cien años desde su muerte sobrevenida en mayo de 1889 cuando un chatarrero británico desocupado, de nombre Michael Barrett, adujo haber encontrado fortuitamente un documento en dónde el extinto mercader se incriminaba, admitiendo su responsabilidad en los asesinatos de Jack el Destripador. Pero la credibilidad que merecía ese presunto recaudo privado, rápidamente fue puesta en tela de juicio ya desde el comienzo de ser develado su texto.

La primera empresa editorial que se echó atrás ante la propuesta de publicar las notas fue Warner Books. Dicha compañía le encargó, en agosto de 1993, al experto en documentología Kenneth Rendell, redactar –con la colaboración de otros técnicos– un informe brindando su parecer sobre la veracidad o no a del álbum que fuera utilizado para confeccionar sobre él un diario personal. Este especialista ofreció su reporte definitivo en el mes de setiembre de 1993, deviniendo sus conclusiones netamente desfavorables a la credibilidad del instrumento peritado.

Entre otros aspectos, el examinante percibió que la formación que se daba en el manuscrito a las letras no concordaba con la manera cómo se escribía a términos del siglo XIX en Inglaterra, y que se apreciaba uniformidad en el trazo de la tinta y en la inclinación de la escritura al pasarse de una anotación a la siguiente. Dado que lo lógico consistía en deducir que tales anotaciones se habían formulado en ocasiones distintas, forzosamente la letra tendría que delatar ciertas alteraciones, aunque hubiera devenido escriturada por la misma mano. De aquí que la uniformidad en los trazos que, a criterio del especialista denotaba el texto, le pareció a éste sumamente sospechosa.

También se concluyó que la escritura del diario no coincidía con la de las cartas atribuidas al Destripador. A tales efectos, con el auxilio de dos peritos calígrafos, Rendell cotejó los grafismos del manuscrito con la caligrafía que exhibía la misiva remitida a la Agencia Central de Noticias de Londres fechada el 25 de setiembre de 1888, recordada como «Querido Jefe», partiendo de la inferencia de que aquella había sido fabricada por el victimario a quien se le endilgase. Kenneth Rendell consideró, respaldado por la opinión de los grafólogos, que la caligrafía de esa epístola no había resultado falseada, sino que era sincera y espontánea y, a su vez, los tres expertos concluyeron que la letra contenida en el instrumento para nada armonizaba con la grafía de aquel mensaje.

En suma: el diario donde pretendidamente James Maybrick se autoincriminaba no constituyó más que una farsa. Para colmo, el propio autoproclamado "descubridor" de ese manuscrito, Michael Barrett, poco tiempo más tarde admitió ante la prensa haber consumado el plagio.

Como puede advertirse, a través del anterior repaso, los antecedentes de los Maybrick en la historia de Jack the Ripper se revelan forzados y carentes de toda prueba eficaz. Sin embargo, en octubre de 2015, transcurridos ya 23 años desde la irrupción de esa familia en el drama ripperiano, una nueva pesquisa los trae una vez más al tapete, acusando ahora de haber sido el legendario Destripador al más glamoroso de todos ellos: el talentoso músico, cantante y compositor Michael Maybrick.

FUENTE: Gabriel Pombo.

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