miércoles, 3 de diciembre de 2014

¿CÓMO ES Y CÓMO PIENSA UN ULTRA?

“La violencia te dispara la adrenalina, engancha más que la cocaína”. Esta reflexión, aparentemente sencilla, es en la que vienen a coincidir muchos ultras. Una frase que esconde la verdadera motivación de muchos de los que cada domingo se acercan a un estadio de fútbol para animar a su equipo. Todos defienden que es una leyenda urbana aquello de que a los ultras de un equipo lo que menos les preocupa es el equipo, “nosotros daríamos la vida por nuestro equipo”, repiten a modo de mantra. Pero la contrariedad acaba empapando sus reflexiones cuando se reconocen ‘yonkis’ de una violencia que los amores a unos colores facilita. Es la excusa perfecta para organizarse y para pertenecer a un bando con el que enfrentarte al resto de bandos. El fútbol acaba haciendo el papel de ‘conseguidor’. Necesito violencia y el fútbol me la acaba proporcionando de manera sencilla y rápida. En definitiva, la pasión por unos colores tiene más un fondo político y cultural que el meramente deportivo.

El patrón habitual, a priori, es sencillo. La carrera de un integrante de un grupo ultra está ligada a su adscripción a un club y a su afición al fútbol -se excluyen otros deportes-. Su historial como aficionado comienza como el de cualquier seguidor, es decir, por tradición familiar, influencia de los amigos, etc., hasta que se íntegra en el grupo. Y termina cuando, tras encontrar trabajo y afectos fijos, se reincorpora nuevamente a la hinchada normal. Su paso por el grupo se caracteriza por una filia fanática, compartida por otros jóvenes, por el equipo de fútbol. Lo que vendría a ser una visión muy ligada a la Criminología del desarrollo y su enfoque del curso de la vida.

Sin embargo, un acercamiento menos apriorístico, arroja que es difícil realizar un perfil psicológico y catalogar socialmente a aquellos miembros de un grupo ultra de un equipo de fútbol. Desde la distancia puede caerse en el error de pensar que la gente que comulga con esta serie de grupos debe reunir ciertas características como una baja cualificación proveniente de un fracaso escolar presente o pasado, un bajo estatus socio económico, provenir de una familia desestructurada. En definitiva, una serie de clichés que se desmoronan en buena parte cuando tienes acceso a una parte representativa de este grupo.


Entre los miembros de un grupo ultra cohabitan un amplio espectro de profesiones que viene a diluir la imagen generalizada de ultra sin oficio ni beneficio. Y lo cierto es que no hablamos de ‘cabecillas’, si no de peones dentro de la jerarquía del grupo. Individuos que muestran un comportamiento que se ajusta a patrones normales en el trato directo y que, a su vez, tampoco muestran reparos en mostrar su vínculo con la parte más oscura de este fondo de animación, los actos violentos. Fruto, esto último, de una personalidad impulsiva, una búsqueda incansable de emociones y cierta querencia por el riesgo. Sí parecen ajustarse en sus perfiles, al menos por alguna de sus reflexiones, a aquellos desviados que M. Gottfredson y Hirschi describieron en la elaboración de su teoría del autocontrol. Sí se dejaban ver, al menos en su esfera personal de ultras, como sujetos orientados a gratificaciones inmediatas y de bajo autocontrol. Tratando en todo momento de justificar la carencia de reconocimiento del comportamiento desviado cuando este se produce.

El rango de edad también es muy variable. Pese a que la norma apunta a que a una determinada edad lo lógico es retirarse del grupo, no es inusual ver en los fondos de los estadios a radicales que superan los 30, los 40 o los 50 años. Personas en cuyo modo de vida está instaurado este grupo y renuncian a salir de él. Muchos de ellos, dando por buenos los estudios longitudinales de West y Farrington, empezaron a ser menos desviados en sus comportamientos conforme se acercaron a los 30 años. Las obligaciones familiares y profesionales les han alejado de la actividad más delictiva ligada al grupo, si bien hay quien aguanta. “Los que siguen activamente en el grupo con 35 ó 36 años son los peores. La gente más violenta es la que más edad tiene”, apuntan algunos ultras, cobijándose en el ejemplo dado por Francisco José Romero Taboada, ‘Jimmy’, de 43 años asesinado en la batalla campal ocurrida en Madrid el pasado domingo. Personas que acaban sufriendo la acumulación de desventajas que van aparejadas al delito y de la que alertaron Sampson y Laub cuando advirtieron que quienes se ven inmersos en el delito a una cierta edad cada vez tienen mayores problemas para salir de mismo, concentrándose a la vez problemas sociales como el problema en la educación, problemas familiares, laborales…

La imposibilidad de hacer un perfil concreto se aprecia en un caso que ha saltado también a los medios en los últimos meses. El cambio generacional obrado en los Ultra Sur. Una de sus cabezas visibles, Antonio Cadenas Rodríguez, era un abogado de familia acomodada que no tenía reparos en salir de caza y que disponía de un historial de antecedentes policiales tan grande como el respeto que infundía la leyenda generada a su alrededor y que se construyó en la década de los 90. Ahora, sin embargo, ha sido sustituido, tras una revolución, por Antonio Menéndez ‘El Niño’, un tipo que no alcanza los 30 años de edad, que fue soldado profesional, amante del culturismo, que se declara seguidor del Atleti, que lidera a los Ultra Sur y que está muy ligado a la causa nacionalsocialista, ideología que lleva literalmente tatuada en su piel.

Precisamente la ideología, los dos modos de pensar y de vivir de ultras de derechas e izquierdas sirve para justificar acciones violentas que ocultan una verdadera realidad: el gusto de los miembros de estos grupos por la violencia extrema. Y remarco en esta parte la palabra grupo. Porque el hecho de que los ultras se unan a él les da poder, cobertura, proyección y la justificación a la que anteriormente hacíamos referencia. Porque obviamente, una de sus principales cualidades, es la de desligarse de la propia responsabilidad de sus actos. Su locus de control es totalmente externo. La víctima, muchas veces, no debería estar allí en ese momento exacto. Es búsqueda de justificar lo que hacen es algo rutinario en sus discursos.

Otra etiqueta que puede servir para conceptualizar los rasgos psicológicos de un grupo ultra, relacionada a su vez con esa idea de grupo, es la de lealtad, hermandad. “Somos como una familia”, apuntan sus miembros. Son personas, muchas veces, que sólo se muestran empáticos con los miembros de su propio grupo. Comparten los amores por unos colores, una misma adscripción ideológica y, cómo no, la misma rigidez cognitiva. La idea de que otros compartan sus propios ideales vuelve a ofrecerles motivos que justifiquen sus acciones.

Respeto. Otro concepto piramidal. Conseguir el respeto del grupo es una de las prioridades que se marcan quienes participan en él. Es la vía de acceso hacia un estatus que quizá no hayan logrado en otras esferas de su vida. ¿Cómo se adquiere este respeto? Con objetos de caza. Robando la pancarta de un rival, amedrentando a un hincha adversario para hacerse con una bufanda que luego mostrar a modo de trofeo en el bar en el que se reúnen después de los partidos. Un respeto que deben ganarse ellos y que deben mantener inalterable en el propio estadio.

Por ejemplo, el Vicente Calderón, en el caso del Frente Atlético, es para ellos un santuario que deben respetar todos aquellos que lo pisan. Un feudo propio que deben defender por encima de todo.

Querría hacer hincapié en otro curioso detalle: la despersonalización. Los ultras se conocen entre ellos, pero generalmente no por su apellido o por sus verdaderos nombres de pila. Es muy frecuente que, al ingresar en el grupo, el nuevo ultra adopte un apodo o reciba de buen grado aquel que le ponen los demás. Este apodo puede hacer referencia a una característica física, profesional o personal. Puede interpretarse como una manera de despojar al nuevo miembro de la identidad con la que llegaba al grupo para que asuma todavía mejor las nuevas normas y los conceptos que defiende su nueva ‘familia’. Se rompen en buena parte de las resistencias que pueda presentar el individuo en cuestión. Fuera del grupo, con sus otros iguales, podría seguir adaptando este apelativo que le han puesto en el Frente Atlético, los Ultra Sur, etc.

Por último, y obviamente, el aspecto antisocial está presente en cada uno de los miembros de este grupo en menor o mayor medida. No todos los socios del Frente Atlético han participado de actos delictivos o de peleas callejeras, por ejemplo. Ni tan siquiera han tenido que amenazar a un aficionado rival, circunstancia más anormal. Pero están por encima de las normas. Sólo hay que comprobarlo en el propio estadio. Sólo un sector no cumple con la obligación de vivir el fútbol desde su asiento. Sólo en un sector todos están de pie. Únicamente en esa parte del estadio se pasa de la obligación de estar sentado para vivir el fútbol a su modo. Fútbol que, por otra parte, hay a muchos que no interesa. Lo exhiben de manera física. Aquellos que alzan el altavoz y se encargan de establecer la coreografía de bufandas y cánticos que tocan en cada momento están de espaldas al terreno de juego y de cara a los miembros de ese grupo entre los que ellos se han granjeado el máximo de los respetos: ven el fútbol sobre una plataforma y son los directores de orquesta.

Obviamente otro rasgo palpable de su personalidad es su exacerbado racismo. La posibilidad de que un chico negro entre a formar parte de un grupo de estas características es, ideológicamente, imposible.

Por último, hacer mención a que la gran mayoría de aquellos que han protagonizado hechos delictivos relacionados con su etiquetamiento como ultra, también han incurrido en otros comportamientos desviados, como es el caso del consumo de alcohol o las drogas. Dos ingredientes, estos últimos, presentes y en grandes cantidades en la vida de los ultras.

 

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