martes, 1 de octubre de 2013

EDMUND KEMPER: "EL GIGANTE PSICÓPATA"

El corpulento hombre media dos metros con cinco centímetros y pesaba ciento treinta y cinco kilos. Usaba lentes, lucía cabellos lacios muy negros y un fino bigotillo. Mientras permanecía sentado y muy tranquilo en su celda frente al investigador no parecía ser un psicópata ni mucho menos aún un homicida. 

Pero era un terrible asesino en serie, uno de los peores.

Antes de cumplir los quince años había matado a sus abuelos paternos. Diagnosticado paranoico, fue recluido en la prisión-hospicio del condado de Atascadero, Estados Unidos. Los médicos pensaron que se había recuperado y lo dejaron en libertad. Ya veinteañero se lanzó de bruces por la senda del crimen. En mayo de 1972 mientras transitaba por las cercanías de Santa Cruz recogería en su coche a dos autoestopistas, Mary Pesce y Anita Luchese. Las amenazó con un revólver y, seguidamente, las acuchilló. Llevó hasta su casa los cadáveres, los decapitó, abrió en canal y, por último, enterró los restos bajo un barranco. 

En setiembre del mismo año recogió con su vehículo a
una joven de origen asiático llamada Aiko Koo. La estranguló, profanó su cadáver y lo guardó dentro de su maletero. Trasladó el cuerpo muerto a su casa y durmió con él. 
A la mañana siguiente lo trocearía en varias partes que arrojó por distintos lugares conservando la cabeza a manera de trofeo. 

Meses más tarde abordó a una chica de nombre Cindy, quien lo rechazó, despertando así la furia del desquiciado asesino, el cual la estranguló, cortó en pedazos el cadáver, y escondió el cráneo debajo de la ventana de la casa de su madre. 

Tiempo después, en un campus universitario rapta a dos chicas, Rosalind y Alice, a las cuales asesina a balazos. Las decapita y emplea las cabezas para masturbarse. Una vez cometidos los demenciales ultrajes se deshace de ambos cuerpos. 

Durante la Semana Santa de 1973 visita a su madre y mientras la mujer duerme, Kemper, la asesina propinándole martillazos en la cabeza. Posteriormente la decapita. Minutos más tarde, Sara Hallet, una amiga de su progenitora llega a su finca para visitarla. El monstruo la recibe, la agrede y termina con su vida. Durante la noche se acuesta con los cadáveres y juega a lanzar dardos contra la cercenada cabeza de su madre.

Al despuntar el alba escapa conduciendo el vehículo de la Sra. Hallet y toma rumbo hacia Colorado llegando a un lugar sencillamente llamado “Pueblo”. Desde allí pide contactar por teléfono con un Teniente de Policía amigo suyo el cual no estaba en funciones en ese momento. Al oficial que lo atiende le informa acerca de sus crímenes. Aunque piensan que se trata de una broma igualmente avisan a la gendarmería local. Cuando una patrulla policial viene a buscarlo lo detienen sin que oponga la menor resistencia y coopera ampliamente con las autoridades. 

Lo condenan a cadena perpetua como culpable de ocho 
asesinatos en primer grado. Lo envían a la prisión de Vacaville y, finalmente, lo derivan a la cárcel de máxima seguridad de Folsom donde permanece confinado hasta el día de hoy. 

Es durante su estancia en la cárcel de Vacaville, California, donde –según comenzamos nuestro relato- lo encontramos sentado en su celda en el curso de una entrevista que le realiza el connotado criminólogo policial Robert K. Ressler. 

Ressler ya se había reunido otras veces con el gigantesco homicida Kemper, aunque en las anteriores ocasiones lo hizo en compañía de otros agentes. Esta vez, confiado por el aparentemente sosegado y cooperador Edmund, optó por  concurrir sólo a la cita. 

Tras dialogar y tomar nota durante cuatro horas de 
las anécdotas aberrantes que el sádico le contaba el especialista dio por concluida la sesión y pulsó el botón a fin de que el guardia viniera para dejarlo salir. Nadie respondió. Algo nervioso prosiguió la charla con el penado y, minutos más tarde, volvió a llamar. Tampoco hubo respuesta esta segunda vez. Luego de una tercera pulsación del botón tampoco acudió nadie. El condenado intuyó el naciente temor que, a pesar de su vasta experiencia, el perito no pudo reprimir totalmente. 

Ed Kemper se irguió de su asiento dejando a la vista su inmensa mole. Con voz suave y burlona le pregunta: “Y si ahora se me cruzaran los cables. ¿No crees que la pasarías mal? Te podría arrancar la cabeza y ponerla sobre la mesa para que el guardia la viera al entrar” 

La siguiente es la descripción del episodio hecha por cuenta del propio Robert Ressler: “…Mi cabeza daba mil vueltas. Me imaginaba como vendría por mí con sus largos brazos, inmovilizándome contra la pared, estrangulándome y retorciendo mi cabeza hasta romperme el cuello. No necesitaría mucho tiempo y con la diferencia de tamaño que mediaba entre los dos, seguro que acabaría rápidamente con mi resistencia. El tenía razón. Me podía matar antes de que yo o cualquier otra persona pudiera hacer algo al respecto. 

Le dije, pues, que si se metía conmigo tendría serios problemas.

Se burló. ¿Qué pueden hacer? ¿Impedirme ver la tele? 
Contesté que con toda seguridad terminaría encerrado en el agujero –la celda de aislamiento- durante un período extremadamente largo.

Kemper le restó importancia diciendo que ya era un experto en
eso de estar en la cárcel, los inconvenientes no serían nada comparados con el prestigio que ganaría entre los otros reclusos por  haberse cargado a un oficial del FBI.


¿Cómo había podido yo ser tan estúpido para entrar en ese cuarto sin acompañante? De repente supe cómo me había metido en esa situación. Me había identificado con mi secuestrador y le había otorgado mi confianza. La próxima vez no sería tan arrogante de pensar que había logrado una buena relación con un asesino. La próxima vez….

Le dije. Ed, no me digas que crees que vendría aquí sin tener algún modo de defenderme. No me jodas Ressler, aquí no te dejarían entrar con armas. Kemper tenía razón, por supuesto. Los visitantes no pueden llevar armas dentro de las cárceles por temor a que los reclusos se las quiten y las empleen para amenazar a los guardias o escaparse. No voy a revelar lo que pueda tener o donde lo puedo llevar Venga, venga, ¿Qué es? ¿Una pluma con veneno?

Quizás, pero también hay más tipos de armas. Entonces Kemper se puso a pensar. ¿Artes marciales, pues? ¿Karate? ¿Tienes cinturón negro? ¿Crees que podrías conmigo? Para entonces yo ya me había serenado un poco y pensé en mis técnicas de negociación de rehenes, la más importante de las cuales es que hay que seguir hablando y hablando y hablando, porque ganar tiempo siempre parece calmar los ánimos.

Hablamos un rato sobre las artes marciales hasta que finalmente
apareció un guardia y abrió la puerta. Cuando Kemper se dispuso a salir con el guardia me puso la mano en el hombro. Sabes que sólo estaba bromeando, ¿verdad?
Por supuesto, dije, soltando un gran suspiro…” 




 FUENTE: "HISTORIAS DE ASESINOS" DEL DR.GABRIEL POMBO.

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