miércoles, 4 de septiembre de 2013

OTRAS POSIBLES VICTIMAS DE JACK EL DESTRIPADOR

Los estudiosos de la saga vesánica de Jack el Destripador hablan de la existencia de cinco víctimas de su segura autoría, a las cuales adjetivan como “canónicas”.

Ellas fueron: Mary Ann –“Polly”– Nichols, Annie –“La Morena”– Chapman, Elizabeth –“Long Liz”– Stride, Catherine –“Kate”– Eddowes y Mary Jane Kelly, también apodada “Marie Jeannette”, “Fair Emma” o “Ginger”.


En contraposición con estas cinco infortunadas, cuyos desenlaces hemos relatado líneas atrás, se han propuesto –mediante formulaciones dotadas de mayor o menor seriedad y aportación de pruebas– a otras posibles asesinadas a cargo del desalmado perpetrador. Entre estas últimas cabe destacar los nombres de “Fairy Fay” (26 de Diciembre de 1887), Emma Elizabeth Smith (13 de abril de 1888), Martha Tabram (7 de agosto de 1888), Alice McKenzie (17 de julio de 1889), Frances Coles (13 de febrero de 1891) y Carrie Brown (24 de abril de 1891).


A tales mujeres se las reputaría como eventuales presas humanas cobradas por el mutilador victoriano, en tanto se las denomina redundantemente “víctimas no canónicas”. 


Fairy Fay (Ada la Alegre) nunca fue identificada, y únicamente se la llegaría a conocer por medio del sobrenombre que le impuso la prensa. Su cadáver profusamente apuñalado se encontró en las cercanías de la calle Comercial la noche siguiente a la Navidad de 1887. Aunque jamás se acreditó su identidad han quedado registros referentes a sus últimas horas.

DUDOSA REPREDENTACIÓN DE
FAIRY FAY
Había estado alcoholizándose y armando alboroto en una taberna aledaña a la plaza Mine, de donde el encargado la sacó a empujones a medianoche una vez que el local cerró. Vivía bastante lejos y tomó un atajo a través de un callejón lateral de la ronda comercial. Allí fue sorprendida por un anónimo ultimador que, de improviso, la agredió ferozmente por la espalda propinándole numerosas cuchilladas.

Un homicidio impune, posterior al de la casi mítica Fairy Fay, lo representó el concretado contra Emma Elizabeth Smith. Esta desdichada viuda, madre de dos hijos, cifraba cuarenta y cinco años, y retornaba procedente de una taberna a su hogar a la 1.30 del lunes de Pascua 13 de abril de 1888. Una cuadrilla que ella describió como “de tres hombres, uno de ellos de no más de diecinueve años” la ofendió brutalmente apaleándola en la calle Osborn en Whitechapel.

DIBUJO QUE RECREA EL ATAQUE MORTAL CONTRA EMMA SMITH
Al arribar en estado agónico al London Hospital de Whitechapel los médicos comprobaron que presentaba ruptura de peritoneo ocasionado por la violenta introducción de un objeto romo. Falleció al día siguiente de haber ingresado al nosocomio a causa de una peritonitis.

DIBUJO DEL INFORME FORENSE
Aquel cobarde atentado quedó sin resolver, aunque se atribuyó a pandillas de rufianes organizadas para chantajear a las prostitutas exigiéndoles dinero a cambio de “protección”. En esos tiempos las más conocidas bandas del distrito eran la Old Nichols y la Hoxton Market, designadas así en razón del nombre de la calle y del mercado, respectivamente, donde estos gamberros poseían sus guaridas.

Curiosamente, el siguiente día festivo del pueblo inglés tuvo cabida un nuevo y similar crimen en la región. Martha Tabram –también conocida como Turner–, de treinta y nueve años, fue victimada cuatro meses más tarde que Emma Smith, entre la noche del 6 y la madrugada del 7 de agosto, cerca del sitio donde atacaron a aquella. Martha era conocida por ser una “prostituta de soldados”, pues se dedicaba a la atención de esta clase particular de clientes. Practicaba sus recorridas atravesando con regularidad los muelles en busca de soldados de guardia en la Torre de Londres.

En esa mañana Mr. Francis Hewitt, portero del bloque de pisos de los edificios George Yard, oyó un potente grito de “¡Auxilio! ¡Me matan!”, pero le pareció habitual y siguió durmiendo hasta la tarde. Tampoco el cochero Albert Crow, que volvía de trabajar a las 3.30, le prestó atención al bulto que vio caído próximo a la entrada cuando penetró en el edificio. Se trataba del cuerpo desangrado de Martha tumbado en el rellano de la primera planta. Crow justificó no haberse percatado que estaba en presencia de una víctima porque no le prestó atención: «Estaba muy cansado. Estoy acostumbrado a ver gente dormida o borracha echada sobre las escaleras de entrada», explicó cuando depuso en la indagatoria.

Quien sí se percató de qué se trataba fue el estibador John Reeves, también arrendatario en el mismo bloque. No tuvo más remedio que advertirlo porque se cayó de bruces y se ensució sus ropas, tras resbalar con la sangre del copioso charco que al costado del cadáver de la extinta se había ido formando.

La habían apuñalado treinta y nueve veces, quizás con una bayoneta. Si tal hubiese sido el arma empleada para matarla este dato guardaba consistencia con quien habría sido su último cliente de esa velada. Y es que, según su compañera de oficio Mary Ann Connelly –alias “Pearly Poll”–, ambas habían abandonado la taberna Blue Anchor con dos milicianos, uno de los cuales se identificó como cabo.


Una vez que salieron del pub discutieron el precio de los servicios carnales y, no bien se pusieron de acuerdo en el importe, Martha y su soldado se dirigieron hacia los edificios George Yard, cuyo tenebroso rellano se utilizaba para mantener relaciones sexuales. Pearly Poll, a su turno, se encaminó con el cabo rumbo a los recovecos del llamado “Callejón del Ángel”, recinto adecuado para el mismo propósito.
MARTHA TABRAM
¿PRIMERA PRESA HUMANA
DEL DESTRIPADOR?
Cuando ambas busconas se despidieron eran casi las 2 de la mañana. Tabram moriría un rato después a manos de un victimario frenético. Su corazón, su hígado, su bazo y la mayoría de sus grandes órganos, fueron traspasados mediante incisiones cortas y extrañas, no facturadas con el filo de un cuchillo ordinario. 

La testigo principal, Mary Ann Connelly, era una mujerona alta, flaca y poco atractiva que moraba en el albergue de Crossingham en la calle Dorset, un tugurio plagado de ladrones, prostitutas y toda clase de malhechores. Tan asustada se la veía cuando rindió su testimonio en la instrucción sumarial que más de una vez el juez de guardia la amonestó requiriéndole que hablase alto. Cuanto más se esforzaba por alzar la voz menos se le entendía, y el alguacil del juzgado tuvo que repetir su declaración proporcionada en susurros.

La investigación se encargó al Inspector Edmund Reid de Scotland Yard. Éste era el oficial de policía de más pequeña estatura de todo el cuerpo, pero compensaba sobradamente ese desmedro con tenacidad y sagacidad, cualidades que todos sus colegas le reconocían. Desde el inicio el pesquisa se convenció de que la prostituta mentía para encubrir a alguien, y le exigió que fuera con él a la Torre de Londres, donde se organizó un improvisado desfile.

Delante de Pearly Poll, quien lucía un sombrero con coloridas plumas y sus mejores atavíos, avanzaron de dos en dos todos los soldados y oficiales que habían tenido libre del 6 al 7 de agosto. Los inspeccionó lentamente uno por uno, con fingida dignidad, y al final sentenció:


No está aquí. No reconozco a ninguno.

La tarde entrante idéntico procedimiento se reiteró dentro de los cuarteles Wellington, en Birdcage Walk, donde se obligó a desfilar para el examen a los guardias de ese regimiento. Connelly parecía estar harta y deseando acabar de una vez por todas con aquellos fastidiosos trámites. Optó por cambiar de táctica:

¡Éste, y aquel de allá, el más alto y delgado de todos! Ellos dos fueron los tipos que vinieron con nosotras –mintió.
EDMUND REID
DIRIGIÓ LAS PESQUISAS
DEL CRIMEN DE TABRAM
Que mentía torpemente fue fácil de esclarecer porque los dos militares señalados por la testigo contaban con firmes coartadas Uno de los guardias había estado de custodia dentro del cuartel desde las 10 de aquella noche, y le sobraban testigos con los que respaldar su afirmación. El otro acusado, si bien gozó de franco en dicha emergencia, había pernoctado junto a su esposa en su hogar, el cual distaba a varios kilómetros del escenario del crimen, y también podía demostrarlo. 

Aquel sañudo asesinato quedó impune, y probablemente ni siquiera se conservarían registros del mismo de no ser porque representó el preludio de la orgía de sangre gestada por el criminal más misterioso de todos los tiempos, quien sólo tres semanas luego inauguraría su serie finiquitando a su primera víctima indiscutida.

¿Fue Martha Tabram una presa humana primeriza de Jack el Destripador?

Aunque algún autor sugirió que por aquel entonces éste era novato en materia de homicidios, y que ello justificó la torpeza en la ejecución, no parecen aceptables tales argumentos. En este caso el arma esgrimida fue un cortaplumas o una hoja de bayoneta, y no un cuchillo. Además, el agresor actuó haciendo gala de un modo de operar frenético, lo cual refleja un ataque improvisado y llevado a cabo en un descontrolado acceso de ira. Nada de esto armoniza con la fría y metódica precisión quirúrgica que caracterizó a los posteriores degollamientos con mutilación.

 
FUENTE: GABRIEL POMBO

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