martes, 17 de septiembre de 2013

LOS ÚLTIMOS HOMICIDIOS QUE PUDIERON SER OBRA DE JACK (EPÍLOGO)

ALICE 'PIPA DE ARCILLA'  

Otra prostituta cuya muerte se sospechó que pudo haber sido facturada por el destripador fue Alice McKenzie, a quien se conocía por el alias de “Pipa de arcilla”, dado que solía portar una pipa de dicho material asida a un collar, la cual al ser visualizada caída bajo su cuerpo ayudó a que la individualizaran.

Alice resultó victimada el 17 de julio de 1889; vale decir, se trató de la primera asesinada luego de la seguidilla adjudicada al Destripador y a la cual, por lo común, se deja afuera de su lista, aunque algunos estudiosos la han incluido.


El doctor Thomas Bond –uno de los facultativos que examinaron el cadáver– opinó que su matador era el tan buscado asesino serial. Del hecho de que, desde el principio, las autoridades temieron que este homicidio pudo haberlo cometido el criminal de Whitechapel da cuenta la circunstancia de que dicho forense fue llamado para colaborar en esta pericia a causa de que había tenido intervención en la autopsia de Mary Jane Kelly.


El médico creyó constatar notables coincidencias entre las muertes inequívocamente inferidas por el monstruo de Londres y la forma en que Alice McKenzie fue ultimada.

No obstante, prevaleció el parecer de los doctores George Bagster Phillips, Frederick Gordon Brown y otros galenos, quienes desestimaron cualquier posibilidad de que el fallecimiento de esta mujer configurase una tarea a cargo del ya por entonces afamado psicópata.

Dr. THOMAS BOND, Dr. GEORGE BAGSTER PHILLIPS y Dr. FREDERICK GORDON BROWN
Transcurrirían casi diecisiete meses de acaecido el crimen de Alice McKenzie hasta que un nuevo hecho de sangre volviera a ser atribuido a Jack the Ripper.

El 13 de febrero de 1891, Benjamin Leeson acudió presuroso en respuesta a los insistentes silbidos de auxilio. Aquella madrugada un frío glacial azotaba a Londres, y en las calles desiertas la niebla le ganaba espacio a la lánguida luz de las farolas a gas.

La ronda del custodio iba desde de la Casa de la Moneda hacia el barrio de Swallow Gardens; esta zona circundaba un arco del puente en torno al cual discurría un ferrocarril, y abarcaba las calles Royal Mint y Chambers. En Swallow fue donde Leeson se encontró con el responsable de los estridentes llamados, el joven agente de la metropolitana Ernest Thompson, junto a dos vigilantes nocturnos.

¿Qué sucede? –interrogó Leeson.

Han matado a otra mujer –repuso Thompson, y tras hacer una pausa para tomar aliento exclamó.

¡Ha sido Jack el Destripador! 

Thompson era un agente bisoño que apenas llevaba seis meses revistando en el cuerpo policial. Casi temblaba de miedo apuntando con su índice al bulto que, caído sobre los adoquines, interrumpía el paso. Se trataba de una joven cuya ropa lucía desarreglada, y a la cual habían atacado encarnizadamente. Un profundo tajo abría su cuello y exhibía otras heridas, también sangrantes, en la región inferior del tronco. Leeson conocía de vista a la víctima, una ramera local de veintiséis años, cuyo alias “Carroty Nell” –por su cabello color zanahoria– ocultaba el nombre real de Frances Coles. 


FRANCES COLES
Al inclinarse para examinarla el policía comprobó que la mujer aún respiraba, aunque era evidente que estaba agonizante y nada podía hacerse ya para salvarle la vida. Rápidamente se alertó a cientos de policías que rodearon el perímetro del crimen en pos de cortarte la vía de escape al homicida, y se organizó una búsqueda casa por casa. El forense Phillips fue convocado a la comisaría donde se trasladó el cadáver y certificó el fallecimiento.
En un arroyo próximo al lugar de la agresión se localizó un sombrero de crespón negro que la mujer estrenaba –el viejo lo llevaba prendido a su chal–. La propietaria de una tienda sita en Baker´s Row, Spitalfields, identificó el sombrero y contó que la occisa lo había adquirido la tarde anterior por cinco chelines.

Entregó un adelanto de tres chelines a cambio de la prenda y prometió abonar el resto más tarde. Mientras realizaba la transacción, la tendera observó a un hombre aguardando a Coles fuera de su negocio.

Era gordo, de mediana edad, bigote y barba negros con canas, en forma de herradura. Vestía de manera presentable –describió.

¿Puede dar más detalles sobre ese sujeto? –le inquirió un oficial.

Sí, sin dudas se trataba de su acompañante. Cuando la chica se retiró de mi tienda se prendió su sombrero viejo en el chal y se llevó puesto el que me compró. El tipo que la aguardaba la tomó del brazo y se fueron juntos conversando muy entretenidos.

Frances se afincaba en una casa de huéspedes de la calle Thrawl, y en la noche de su óbito una persona cuya fisonomía encuadraba con la relación aportada por la tendera se presentó en ese establecimiento preguntando por ella. Una de las manos del hombre estaba ensangrentada, y éste le comentó al casero de la joven –quien lo veía por primera vez– que aquella herida era fruto de una riña generada cuando se resistió a un atraco. La inquilina lo atendió y estuvieron charlando en la cocina de la residencia durante una hora. El visitante se retiró entre la 1 y la 1.30 de la madrugada.

Instantes después, la mujer salió sola y se encaminó a Swallow Gardens, donde fue hallada agonizante por el agente Thomson. Cerca de las 3 de la mañana el mismo individuo retornó a la pensión mucho más maltrecho que la primera vez; profusas manchas de sangre salpicaban sus ropas y se mostraba notoriamente alterado.

La explicación que le suministró al casero consistió en que unos rufianes le habían robado todo su dinero, incluido un reloj de oro y, aunque también esta vez se resistió, le fue peor que en el incidente anterior. Los atacantes lo castigaron duro, además de esquilmarlo.

Tras comunicarle esta historia rogó que esa noche lo dejase dormir allí. El arrendador desconfió del relato y, luego de negarse a brindarle alojamiento, le sugirió que fuera a curar sus heridas al London Hospital. Horas más tarde, al enterarse del homicidio de su inquilina notificó a las autoridades policiales, quienes prontamente ubicaron y pusieron bajo custodia a aquel hombre.


En la comisaría de la calle Leman se congregó una rabiosa multitud creyendo que habían prendido al victimario de Coles y, por consiguiente, a Jack el Destripador. Por razones de seguridad los agentes sacaron a su presa por una puerta lateral, pero los sitiadores advirtieron el truco y, al grito de
“¡Asesino!”, convergieron desde todos lados con aviesas intenciones de linchamiento. Los policías se vieron forzados a blandir sus porras contra las cabezas de los enardecidos vecinos para salvarle la vida al detenido, el cual, aparte de insultos y amenazas, no pudo evitar recibir varios puñetazos en su rostro que, una vez más, lo dejaron ensangrentado.

El tan vapuleado sospechoso era James Thomas Sadler, un marino de cincuenta y tres años que oficiaba de fogonero en el barco S. S. Fez, atracado en el puerto naval de Chatham próximo a Londres. Se declaró inocente negando ser el matador de Frances. Reconoció haberla acompañado en la tarde del 11 de febrero, día en que fuera despedido de su trabajo en el buque. Según adujo, la había conocido un año y medio atrás en una taberna durante un día de franco y, desde entonces, se habían hecho amigos.

Varios testigos declararon que el día del crimen la pareja deambuló bebiendo de bar en bar. El acusado confirmó haber visitado a Coles en su pensión y señaló que se retiró de allí luego de la 1 de la madrugada. Esa fue la última oportunidad en que la habría visto. Reiteró a la policía lo que le dijo al encargado de la pensión; es decir: que rato más tarde resultó interceptado por una pandilla que le aporreó para robarle.

La versión parecía inconsistente, por lo que el indagado quedó encarcelado en la prisión de Holloway mientras se instruía un proceso en su contra. Desesperado, el preso pidió ayuda al gremio de los fogoneros. Harry Wilson, abogado, tomó el caso y lo defendió con destreza. Ofreció al magistrado declaraciones de tres capitanes de barco que tuvieron al marinero bajo su servicio; éstos elogiaron su buen comportamiento y aseguraron que era inofensivo.


El letrado también probó, fuera de duda razonable, la veracidad de los dos ataques callejeros padecidos por Sadler durante la noche del crimen. De esta manera, se acreditó la coartada que justificaba la presencia de heridas y la sangre sobre sus ropas. Pese a todo, se retuvo al fogonero en dependencias carcelarias hasta que el juez consultó con el fiscal del tribunal supremo, y ambos juristas estimaron que debía disponerse su definitiva liberación en vista de la ausencia de pruebas.
JAMES THOMAS SADLER (ACUSASDO DE ASESINAR A FRANCES COLES) Y LA COMISARIA DE LA CALLE LEMAN
Cierta prensa atribuyó el violento deceso de la bonita pelirroja a Jack el Destripador, y el suyo devino el último de los crímenes cometidos en Gran Bretaña que se quiso incluir en el elenco fatal del depredador de Whitechapel. Sin embargo, andando el tiempo, se consideró que se trataba de un asesinato de imitación. Similar pero perpetrado mediante otro modus operandi por un ultimador diferente. Esta posición es la que prevalece hasta el día de hoy.

A poco más de dos meses de la muerte de Frances Coles se verificó el último homicidio que con insistencia –y algunas posibilidades– se pretendió facturado por este criminal. En tal emergencia, extrañamente, el atentado no se consumó en Inglaterra sino en otro continente. Esta circunstancia apoyaría la teoría de que el Destripador no fue capturado, pues se había alejado astutamente del teatro de sus crímenes tras haber emigrado, o por tratarse de un marinero itinerante.


CARRIE BROWN
En algún momento entre la noche del 23 y la madrugada del 24 de abril de 1891, en la habitación número 31 del hotel East River cercano al puerto de Manhattan, Nueva Jersey, halló la muerte una veterana prostituta a quien se conocía como “Old Shakespeare”, porque cuando estaba borracha se ponía a recitar párrafos de la obra de aquel glorioso dramaturgo. Su nombre verdadero era Carrie Brown.

Entre las 10.30 y las 11 de la noche del 23 de abril la vieron ingresar con un hombre a ese hotel, al cual habitualmente llevaba a sus clientes. La veladora nocturna del hospedaje, María Miniter, describió al acompañante como de unos treinta y cinco años, rubio, fornido, de nariz larga y aguileña, bigote claro y apariencia de marino extranjero. Vestía una chaqueta marrón oscura, pantalón negro y sombrero hongo negro. Según Miniter, el cliente se encargó de hacer la gestión para reservar la pieza y en todo momento se mostró muy discreto, y hasta temeroso de ser observado.

CADAVER CARRIE BROWN
A la mañana entrante, un empleado de nombre Eddie Harrington ingresó al cuarto y encontró a Brown muerta sobre la cama. El forense Jenkins certificó que la habían estrangulado con una prenda íntima que seguía enroscada a su cuello. El médico asimismo registró profusos cortes que comenzaban en la región inferior del abdomen, alcanzando a los intestinos y al área vaginal. También lucía, a manera de sangrientos tatuajes, extrañas incisiones grabadas en las nalgas.
Según toda la apariencia, el objeto causante de las heridas lo constituyó un cuchillo de cocina muy fuerte y afilado que apareció en el lugar del homicidio.

La policía detuvo a un residente del hotel que moraba en la habitación número 33, la cual daba frente a la que Carrie ocupaba cuando fue asesinada. Se trataba del argelino Amir Ben Alí –apodado “Frenchy”–, quien no se asemejaba en lo más mínimo al cliente descrito por los testigos. Éste negó la acusación, pero igualmente fue condenado a cadena perpetua. El Jefe de Policía de Nueva York, Inspector Thomas Byrnes, se ensañó con el arrestado y proclamó a la prensa que no cabía la menor duda respecto a la culpabilidad de Amir.

INSPECTOR BYRNES
El argelino fue trasladado a la cárcel de Sing Sing y, tiempo más adelante, se lo confinó en un hospital para criminales dementes. En 1902, al cabo de once años, se revisó su causa penal acreditándose mal manejo por cuenta de la policía y de la fiscalía. Se dio a entender que le habrían “plantado” pruebas incriminatorias en su habitación, donde se adujera haberse localizado ropas con manchas de sangre, pretendidamente de la víctima. Al perder eficacia aquellas supuestas evidencias el caso derivó, por vía de petición de indulto, al entonces Gobernador Benjamin Odell, jerarca que conmutó la pena de Alí y, seguidamente, se ordenó su puesta en libertad.

Una vez libre Frenchy circuló el rumor, recogido por los periódicos, de que aquel crimen había sido faena de Jack el Destripador venido a los Estados Unidos, por la clase de mutilaciones y la extracción de órganos. No obstante, ya era demasiado tarde para organizar una investigación seria, en tanto hasta el informe de la autopsia originaria a cargo del doctor Jenkins se había extraviado. 


Las difuntas que encontraron tan patético destino bajo el cuchillo de aquel vándalo de estertores del siglo XIX, sufrieron la desgracia de haber habitado dentro de uno de los sectores urbanos más conflictivos y miserables de la capital inglesa: el East End; y más precisamente, en el sumergido distrito de Whitechapel (literalmente “Capilla blanca”, en honor a la iglesia St. Mary Mattfelon allí emplazada, la cual fue destruida por la fuerza aérea germana durante la Segunda Guerra Mundial).

Dicho segmento de la populosa urbe británica fue calificado indistintamente con los motes de “El abismo” o “El infierno”, observándose aquí la nomenclatura que a su respecto acuñase el insigne escritor estadounidense Jack London.
CALLES DEL DISTRITO DE WHITECHAPEL
En el año 1902 el artista decidió ir a convivir durante un período con los desamparados en las callejuelas y los albergues situados en los suburbios de Inglaterra victoriana para redactar, cimentado en sólido conocimiento de primera mano, su impresionante alegato de denuncia social contra las infrahumanas condiciones de vida en el este de Londres.

La escabrosa celebridad adquirida por el asesino serial Jack el Destripador se construyó a lo largo de un lapso inferior a las diez semanas. De hecho, desde el 31 de agosto de 1888 –óbito de la primera víctima canónica– pasando por la llamada “noche del doble acontecimiento” y a lo largo de aquel octubre, donde sus matanzas representaron noticia de portada en los rotativos británicos, se consolidaría su reinado de terror.

A partir de la fatal madrugada del 30 de setiembre de ese truculento año la prensa y el público se enterarían del alias que se había puesto a sí mismo el criminal. Y aún cuando al presente existan pertinaces recelos de que el inquietante seudónimo se lo atribuyeron periodistas sedientos por vender noticias, lo cierto fue que en todo el orbe se llegó a identificar por medio de aquel pegadizo apodo a ese homicida sin parangón.

Esas escasas semanas fueron suficientes para que el mundo contara con un nuevo icono del miedo. Y, tras transcurrir un mes de octubre bajo una tensa calma precursora de tempestad, el pánico escalaría hasta sus cotas más elevadas. El 9 de noviembre de 1888 el desmembrador concretó la más espeluznante de sus malévolas hazañas cuando en el amanecer de ese día destrozó a Marie Jeannette Kelly, en el interior del lóbrego cuartucho que aquella atrayente cortesana rentaba en la pensión de Miller´s Court.

Luego saldría para siempre de escena, esfumándose tan abruptamente cuán repentina había devenido su irrupción. Dejaría detrás de sí la sangrienta estela de un puñado de hechos acreditados y las semillas de una persistente leyenda que, de tanto prolongarse al cabo de los años, pareciera no alcanzar nunca su fin.


PORTADAS LIBROS SOBRE JACK EL DESTRIPADOR.

FUENTE: GABRIEL POMBO

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