viernes, 18 de enero de 2013

"LA HUELLA DEL CRIMEN"

En la madrugada del día 7 de junio de 2004, el quinto piso de la calle Jesús Maria Ordoño de la localidad de Burgos, se convirtió en "un mar de sangre. ¡Un auténtico mar de sangre!" Al menos, así es como lo recuerda uno de los investigadores del caso. Han pasado ya más de 8 años del suceso que terminaría con la vida de Salvador Barrio, el cabeza de familia. Su esposa, Julia dos Santos. Y el pequeño Álvaro. El asesino de esta familia nunca fue encarcelado. 

El móvil del asesinato queda claro nada más toparse con la escena del crimen: el odio y la venganza. El ensañamiento en este crimen queda patente en las 50 cuchilladas que recibió Salvador, parte de ellas cuando yacía ya sin vida. Julia y el pequeño Alvaro recibirían también abundantes cuchilladas cada uno. La única pista encontrada, unas pisadas en el suelo de la vivienda. Varias marcas sanguinolentas correspondientes a una zapatilla deportiva Dunlop, de la talla 44. Los investigadores comprobaron además que el asesino había entrado en la casa sin forzar la cerradura de la puerta. Lo habría hecho después de haber intentado entrar anteriormente por el ático, según indican las pisadas en los peldaños. Si la puerta no se encontraba forzada, ¿tenia el asesino llaves de la puerta?,¿llamó al timbre y Salvador le abrió la puerta con total confianza? Este dato nos indica que Salvador conocía, sin duda, a su asesino, ya que nadie abre la puerta a un desconocido a altas horas de la madrugada. 

La escena del crimen invita a pensar que Salvador se dirigía a la puerta desde su habitación, bien para abrirla él mismo o bien para comprobar quién estaba entrando. En ese momento, el intruso comenzaría a propinar cuchilladas al cabeza de familia (seguramente encontraríamos cortes en las manos de Salvador al tratar de defenderse) y finalmente este fallecería junto a la mesa ubicada en la cocina. El intruso accedería entonces al dormitorio de la familia Barrio, terminando con la vida de Julia y finalmente entraría, rompiendo la puerta de la habitación del pequeño Alvaro, quien ante aquella horrible escena se había encerrado en su cuarto y escondido bajo la cama. El psicópata sacaría al niño de debajo de la cama, arrastrándolo hasta el pasillo donde terminaría con su joven vida. Hay que destacar que el autor de estos brutales crímenes, degüella a los tres componentes de la familia innecesariamente, ya que estos se encontraban muertos ¿podría tratarse de su firma o por el contrario quería estar seguro de darles muerte y que no le pudiesen identificar? Los investigadores no encontraron ni una solo huella dactilar distinta a los que residían habitualmente en aquel domicilio.

Lo que llama la atención en este caso, es que, pese a la enorme sangría existente en la casa, el asesino hubiese podido salir de la vivienda sin dejar el menor rastro. En el descansillo y en la escalera no había ni una gota de sangre, ni pisadas, mientras que en el interior de la vivienda aquello parecía un mar de sangre como indicaban los investigadores. ¿Pudo salir el asesino descalzo? Pero, en ese caso, hubiese llamado mucho la atención una persona descalza, llena de sangre por la calle. ¿Llevaba una bolsa con ropa para cambiarse?. ¿ Podría tener, el autor de los crímenes, ropa en el interior del domicilio? Los policías buscaron en todos los cubos de basura de la zona -incluso removieron decenas de toneladas en el vertedero municipal- pero no encontraron ninguna prenda ni ninguna zapatilla teñida de sangre. 

El único que se salvó de la matanza fue el hijo primogénito de los Barrio, que apenas unas horas antes de la salvaje matanza había ingresado en el internado de los hermanos gabrielistas de La Aguilera, en Aranda de Duero. Un primogénito que años más tarde se convertiría en el principal sospechoso de estas muertes, llegando a ser detenido por los investigadores, aunque finalmente el caso se archivaría al considerar el juez del caso que no había indicios suficientes, sólo simples conjeturas, hipótesis y elucubraciones, no habiendo materia ni para celebrar el juicio. Las pruebas contra el hijo mayor de los Barrio apuntaban a que el joven se había desplazado en coche desde la residencia hasta el domicilio para cometer los crímenes y después había regresado sin que nadie le echara en falta. Una huella de una zapatillla del numero 44, el mismo usado por el joven, era la única pista sobre la identidad del asesino.


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