lunes, 20 de noviembre de 2017

MURDERABILIA: EL DESEO DE POSEER EL OBJETO DE UN CRIMEN

Asesino Cho Seung-Hui: "Ahora tenéis sangre en vuestras manos que nunca podréis lavar"

Monedas, sellos, arte, bolígrafos, libros, mecheros e incluso anillas de puros son objetos que muchas personas reúnen a lo largo de su vida a modo de colección. Los ‘serial killers’, o una parte de ellos, también son coleccionados por personas. Como leen. Y no nos referimos a recopilar datos en magnificas enciclopedias online del crimen como ‘murderpedia’ y ‘criminalia’, creadas por el avezado periodista y Criminologo Juan Ignacio Blanco, en las que se 'coleccionan' la vida de más de 1.000 asesinos en serie con fotografías inéditas o conseguidas por el autor durante sus años de investigaciones. No. Hablamos de la ‘murderabilia’, personas que coleccionan objetos pertenecientes a asesinos, a sus víctimas e incluso de la escena del crimen o lugar donde están o hayan estado recluidos.

"En este mundo, desafortunamente, siempre habrán aquellos que tienen un extraño interés en lo morbido. Es difícil de comprender", indica para Onemagazine Sandra Cerna, madre de la joven estadounidense asesinada en la madrugada del 30 de agosto de 2010 en su domicilio del Tiro de Línea (Sevilla). Y es que para esta madre, las personas que coleccionan este tipo de objetos son "mentes descalibradas que tienen poco respeto a la vida humana"

¿Qué personas compran esta clase de ‘souvenirs’? Para el experto Criminólogo Felix Ríos, estos objetos son adquiridos principalmente por “sujetos que ven como una afición extravagante tener objetos vinculados a criminales que se han convertido en personajes de historia negra, y la fascinación por estos objetos supone un acercamiento psicológico a estas oscuras figuras de referencia”. Así mismo también indica que “en otras ocasiones, las que menos, puede tratarse de personas con trastornos fetichistas, completamente obsesionados por el criminal de turno, y en ocasiones incluso, hibristofilicos que llegan a enamorarse del asesino de referencia en cuestión”.

En la red se pueden adquirir, a través de páginas como supernaught.com o la casa de subastas murderauction.com, objetos, felicitaciones navideñas o postales firmadas de estos asesinos que se convirtieron tristemente en parte de la historia negra de nuestra sociedad. Muchos de estos vendedores se las arreglan para comprarles directamente los objetos a los propios asesinos y regalarles parte de la ganancia debido a que la ley estadounidense impide a los presos lucrarse con sus delitos.

En 2011, el propio gobierno estadounidense, recaudó 232.246 dólares, unos 158.000 euros, a favor de las víctimas de Theodore Kacynski, conocido como ‘Unabomber’ quien, entre 1978 y 1995, mató a tres personas e hirió a otras 28 enviando cartas y paquetes bomba, subastando los objetos personales del propio asesino. 

Y es que los amantes de la ‘murderabilia’, como veremos a continuación, pueden coleccionar objetos singulares que en ocasiones alcanzan precios desorbitados. Incluso el propio cuerpo del asesino es objeto de venta. La madre de Jeffrey Lionel Dahmer, apodado ‘El Carnicero de Milwaukee’, tras conocer que su hijo iba a ser condenado a muerte por el asesinato, necrofilia y canibalismo de 17 personas entre 1978 y 1991 en Milwaukee, en el estado de Wisconsin, Estados Unidos, quiso vender el cuerpo de su hijo a la ciencia, por una autentica millonada, para que lo estudiasen. Finalmente, la cordura se instauró en el padre del asesino que consiguió que fuera enterrado. 

miércoles, 26 de julio de 2017

MOTIVOS ABSURDOS QUE LLEVARON A COMETER CRÍMENES.


Woody Allen: “Podría darle razones para matar a cien personas cada día, pero somos adultos, dejamos que lo hagan los abogados por nosotros”.

Es una verdad irrefutable: todo el mundo es capaz de llegar a matar a otra persona. Sin embargo, y por suerte, no todos podemos llegar a convertirnos en depredadores seriales y matar al menos a tres personas con un periodo de tiempo de enfriamiento entre uno y otro crimen. Periodo de enfriamiento durante el que el asesino, revive en su cabeza el último hecho delictivo hasta que eso no le es suficiente y se “activan” nuevamente sus ganas de salir a matar.

«Ya sé que no es normal que uno mate a una chica sólo para tener relaciones sexuales con ella». Estas terribles palabras fueron pronunciadas ante la policía por el asesino Henry Lee, quien inició su carrera criminal apuñalando en pleno ataque de ira a su madre mientras dormía. Fue sentenciado a ir a prisión, y posteriormente a 5 años en un hospital psiquiátrico, en el que fue diagnosticado como un psicópata suicida, sádico, y con desviaciones sexuales. Fue puesto en libertad en 1970 y se fue a vivir con su hermana y con el marido de ésta, que ya le creían rehabilitado, hasta que poco tiempo después mató a su perro.

Henry, deseoso de formar una familia, se casaría con la amiga de su hermana y madre de dos hijas de 8 y 9 años. Mientras su mujer salía a trabajar, el padrastro, se quedaba “cuidando” de las niñas. Su idea no fue otra que abusar de ellas hasta que acabó aburriéndose y marchándose sin dar explicaciones.

Empezó a vagar con su coche por América, y en Miami encontró al que iba a ser su amigo y amante, Ottis Toole. Pirómano, homosexual, aspirante a transexual, caníbal, asesino y con un ligero retraso, así era la nueva pareja de Henry. La perversión de ambos les condujo a cometer una cantidad de crímenes indeterminados 

Y es que la mayoría de los crímenes se cometen por tres motivos: dinero, celos y venganza. Pero, en ocasiones, como veremos a continuación, las razones nos parecen tan absurdas o banales que hacen tambalearse los cimientos éticos sobre los que se asienta la sociedad. No debemos caer en el error de pensar que el crimen es cosa de “locos” y que tal o cual individuo lo ejecutó porque en un momento dado se le fue la cabeza. Y es que los motivos, aunque no nos parezcan claros o lógicos a ojos de las personas sanas, siempre existen en mayor o menor medida. El hecho que lo empujó, aunque nos parezca ilógico, será seguramente el que rebasó el límite de una persona predispuesta a matar. 

martes, 20 de junio de 2017

JUAN RADA NOS HABLA 'SIN CENSURA'.



"La historia de un país es también la de sus altos o bajos fondos". Y de esos bajos fondos nos habla Juan Rada en su nuevo libro 'Sin censura'. El antiguo director de 'El Caso' y colaborador habitual de programas sobre sucesos y crónica negra en nuestro país como experto que es en la materia, levanta las faldas a la censura y cuenta en su libro aquellos sucesos y casos relevantes que se han visto afectados por la misma o que han sido directamente silenciados durante años. Juan Rada, un autentico experto que habla 'Sin censura' para CrimenyCriminologo

Juan, ¿qué podemos encontrar en su nueva obra ‘Sin Censura’? 

Una descripción de cómo hemos pasado en España de la censura a la libertad de expresión condicionada y al dirigismo informativo. Algo que no debiera ocurrir en democracia. 

Actualmente, ¿existe la censura? 

Las presiones ahora proceden del poder económico, político, bancario, monarquía… Parece que quien discrepe de la versión oficial, delira. De ahí tanto silencio, tanta callada por respuesta a demasiadas preguntas que se hace la sociedad.

jueves, 25 de mayo de 2017

TURISMO NEGRO: VISITANDO EL HORROR.


Martín Buber- “Todos los viajes tienen destinos secretos sobre los que el viajero nada sabe”


¿Playa o montaña? He aquí la eterna duda en vacaciones. Si todavía no has resuelto esta pregunta, desde crimenycriminologo nos proponemos ayudar presentándote una serie de posibles destinos y rutas. Eso sí, avisamos, paisajes, monumentos o gastronomía quedan relegados a un segundo plano en favor de rincones que destilan historias de muerte, sufrimiento y oscuridad. De primeras puede no sonar un buen plan, pero la realidad es que a través del marketing y la publicidad, cada vez es mayor el número de turistas que se decantan por visitar prisiones, cementerios o rincones en los que se cometieron crímenes. Es el llamado 'Dark Tourism' o Turismo oscuro. 

Camino de la escuela, un ya lejano 2 de marzo de 1988, Natascha Kampusch, una pequeña de 10 años, fue secuestrada en el distrito vienés de Donaustadt por Wolfgang Priklopil. La niña, antes de conseguir escapar, permaneció ocho años en cautividad en el sótano de su captor, un zulo cerrado y sin ventanas y que apenas tenía 2,78 metros de largo y 1,81 metros de ancho. Un lugar que con el paso del tiempo se convertiría en atracción para centenas de morbosos. Una situación incómoda para Natascha, quien, años más tarde, se decidió a comprar la casa para evitar que su infierno se convirtiese en un reclamo turístico. 

Pero esta casa es únicamente un ejemplo de un tipo de turismo oscuro que tiene su particular ranking de destinos más demandados. En él, sobresalen dos. El primero está en el Algarve portugués. Es Praia da Luz, punto en el que se perdió el rastro el 3 de mayo de 2007 de la pequeña Madeleine McCan. Otro está ubicado en Amstetten (Austria). Allí no es raro encontrar a numerosos grupos de visitantes agolpados frente a la casa de Josef Fritzl, reconvertida en hogar para los refugiados,  con el único objetivo de tomar una instantánea del lugar en cuyo sótano permaneció encerrada durante más de 24 años su hija Elisabeth Fritzl. Un largo cautiverio durante el que su padre la sometió a sistemáticas violaciones y en el que Elisabeth dio a luz siete veces. 

miércoles, 17 de mayo de 2017

EL ANIMAL MÁS PELIGROSO. PRELUDIO DEL THRILLER

Ribera del Támesis. Setiembre 1873


GABRIEL POMBO
La casucha de madera camuflada entre el follaje era un buen escondite. La patrulla policial del Támesis no solía allegarse hasta aquel territorio. Sólo se preocupaban por reprimir a los contrabandistas, y precaver que los trabajadores del muelle no robasen a sus patronos.

El hombre corpulento había escogido hábilmente el lugar de la ceremonia. Luego lo incendiarían todo. 

Bastaría con conservar el altar de los sacrificios, la estatua del macho cabrío, la cruz invertida y, por supuesto, los disfraces. 

Eran necesarios para infundir terror. Ya habría tiempo para cambiarlos por ropa más tradicional: pantalones, camisas, levitas y gabanes corrientes. También suplantaría esas rústicas botas por zapatos de cabritilla, sus preferidos. 

Pero allí precisaba portar aquel atuendo; y así se había vestido, mientras aguardaba impaciente a sus acólitos, que ya no podrían tardar mucho más. 

Afuera, la noche cerrada, sin luna, se cernía sobre la ribera sur del río, en Battersea. Un viento gélido silbaba agitando ramas y hojas. 

Adentro estaba él, encarándose a la imagen que le devolvía el espejo, antes de partir rumbo a la sala ceremonial. 

Su rostro tenso bajo el antifaz con largas ranuras ovaladas, tras las cuales destellaban sus pupilas enrojecidas. Aunque esta vez había inhalado poco opio, lo consumido alcanzaba para provocarle ese desagradable efecto. 

La cara era lo que más debía aterrorizar y, consciente de ello, ajustó sobre la mascarilla la piel de zorro moteado. El extremo puntiagudo del cuero cubría su nariz, imprimiendo a su fisonomía el aspecto de un ave rapaz. 

Sólo quedaban al descubierto sus mejillas mal afeitadas y su mentón cuadrado. 

Tapaba su testa una oscura capucha azulada que llevaba muy abierta, sujeta a la base del cuello mediante un tosco cordel anudado. 

Una larga capa de igual color y textura colgaba de sus hombros y, bajo ella, la chaqueta de paño opaco con una fila de redondos botones dorados, prendidos a sus ojales uno por uno.Extrajo del cofre la daga de acero con empuñadura bronceada, tan filosa como para degollar venados, y otros animales. Por primera vez la utilizaría con humanos. 

Dentro del habitáculo ritual se hallaba su muy joven ayudante. Cabeza rapada y toga marrón que le llegaba hasta los pies. Estaba encendiendo los cirios, e hizo una reverencia al advertir su ingreso. 

–¡A su servicio, mi Maestro! 

Su superior se aproximó, y le musitó al oído la contraseña a tener en cuenta aquella ocasión. 

–«Baphomet.» 

El subalterno comprendió, y fue hacia la dependencia trasera. A través de la rejilla del portón de hierro ahí instalado, atisbó en espera de los cofrades. 

No transcurrió mucho. Ya venían. La mujer maniatada, con la prieta mordaza sellándole la boca, nada podía hacer frente a sus dos captores. 

Pese a que con toda evidencia éstos pertenecían a su clan, el discípulo debía 
obedecer la orden impartida. 

–¡La contraseña! – exigió, cuando se anunciaron desde fuera. 

–¡«Baphomet»! 

Les abrió y entraron. La cautiva cayó desvanecida. Se agachó para levantarla, y percibió el olor acre que despedían sus labios. El brebaje era muy potente y luego de tenerla dominada, como precaución extra, la habían obligado a beberlo. 

–¿Y los niños?, preguntó a los esbirros. 

–Escaparon. Tanto el chico como la niña. 

–El maestro se pondrá furioso, con este trabajo hecho a medias – los reprendió. 

Agacharon sus cabezas. 

El rapado de la toga marrón se desentendió de ambos. Agarró a la desvanecida por los tobillos pero, a despecho de su frágil apariencia, pesaba demasiado. Pidió ayuda para cargarla. El matón más robusto la izó desde los hombros, y entre ambos la transportaron hasta la antecámara. 

Aquel recinto resplandecía con fulgor infernal, por la llama de multitud de velas negras. 

Encaramado sobre la tarima, el amo presidía. 

Había también otra presencia humana: una mujer alta que lucía un atavío escarlata, y disimulaba su rostro con una careta. 

Depositaron a la prisionera arriba de la mesa de sacrificio, dejando que su cabeza colgase. Tras esto, los tres adeptos quedaron rígidos, paralizados ante la escultura del macho cabrío, que los contemplaba con semblante maligno y estúpido. 

Dio inicio a la liturgia. Voces guturales emergieron de la garganta del supremo jefe y de su cómplice femenina. Un lenguaje desconocido para los otros que, por incomprensible, más intimidante resultaba aún. 

Cuando cesó el cántico, la secuaz fue por un amplio cuenco color oro y lo ubicó en el piso, centímetros abajo del cuello de la víctima. Ésta comenzó a sacudirse de improviso. El sopor inducido por el narcótico se diluía. 

Debían apresurarse. Era una ofrenda al gran Satán, no una carnicería. Por lo menos no lo sería mientras la persona a inmolar estuviera con vida. 

Luego habría que esparcir sus restos trozados por el río, conforme preceptuaba el libro sagrado. 

Pero ahora no había por qué infligir dolor inútil. La asistente rogó con su mirada al encapuchado que no se retrasase más. Los enrojecidos ojos bajo la máscara asintieron. 

Ya había aferrado por el cabello a la mujer tendida. Dirigió el filo de la daga a la vena yugular, y cortó.